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Se me ha acercado una cantidad importante de personas que quieren abrir una persona moral para arrancar su emprendimiento. No busco apagarle el entusiasmo a nadie, pero abrir una persona moral —hablo en particular de las Sociedades Anónimas Simplificadas (SAS), que hoy se pueden constituir prácticamente sin costo— no es la mejor opción para empezar.

El problema no es solo la entrada ni la salida: es el día a día. Llevar la contabilidad de una persona moral cuesta, en promedio, entre 5 y 6 veces más que llevar la de una persona física con actividad empresarial, y eso desde el precio base, antes de que el negocio genere un solo peso. Además, es como firmar un pacto con Rumpelstiltskin: una vez dentro, no sales fácil. Cerrar una SAS ante fedatario o notario en México cuesta entre $12,000 y $30,000 MXN, y en algunos casos incluso más. Cargas ambos costos —el de operar y el de salir— sobre un negocio que todavía no genera flujo de entrada.

Hay excepciones, claro. Si ya tienes una negociación concreta sobre la mesa —una que por sí sola supere ampliamente esos costos de constitución y cierre— formalizarte como persona moral puede tener sentido. Pero incluso ahí, ten presente algo: si la contraparte se retracta, tú te quedas con la criatura viva y con el compromiso de mantenerla.

Primer consejo: asegura flujos externos antes de arrancar

Todo esto aplica dentro de ciertos márgenes: hablo de emprendimientos donde estás arriesgando tu propio tiempo y tu propio dinero. La mayoría de las personas que buscan generar un ingreso adicional no lo hacen porque tengan un colchón financiero para experimentar. De hecho, es curioso: quienes sí tienen ese colchón muchas veces no se animan a emprender, ya sea por edad, por salir de su zona de confort o por mil razones más.

Necesitas tener claro cuánto te va a costar simplemente estar funcionando. Si abres un negocio con atención al público, vas a necesitar un local (renta) y probablemente a alguien que lo atienda cuando tú no puedas (nómina). A estos dos se les llama gastos fijos: no dependen de cuánto vendas, sino del simple hecho de estar operando.

Si en cambio vendes un servicio, tus costos operativos suelen ser menores. En una peluquería, por ejemplo, se reducen al material que usas y repones, y al mantenimiento de tus instrumentos. Estos son costos variables, porque dependen de cuánta gente atiendes.

Sea cual sea tu mezcla de costos fijos y variables, hay algo seguro: varios autores coinciden en que no puedes conocer el verdadero comportamiento de un negocio hasta no haberlo vivido durante al menos un año. Pero eso no significa que debas esperar a ahorrar un año completo de gastos antes de empezar. Solo necesitas cubrir el costo inicial y garantizar los gastos fijos con otra fuente de ingresos que ya tengas, una fuente que, por supuesto, no comprometa lo básico de tu vida. No le quites la comida a tu familia por mantener abierta la peluquería.

A esto, parafraseando a Marx, yo le llamo poner tu trabajo muerto a sostener tu trabajo vivo. Tu trabajo muerto es el que ya invertiste en el pasado: el que ya se convirtió en ahorro, en un sueldo estable, en un ingreso que ya tienes asegurado. Tu trabajo vivo es el que estás poniendo hoy, todos los días, para levantar el negocio nuevo.

Y aquí va una advertencia. Cuando emprendes, te conviertes en tu propio jefe —tu propio dictador—, pero al mismo tiempo, cada cliente que consigues se convierte también en tu jefe. Y mientras el negocio no genere lo suficiente para sostenerse solo, tu trabajo vivo va a canibalizar a tu trabajo muerto: vas a consumir tus ahorros, tu tiempo, tu energía, para que el negocio pueda respirar. Es algo para lo que tienes que estar mentalmente preparado desde antes, no algo que descubras a la mitad del camino.

Ese es mi primer consejo: asegura flujos externos al negocio que te permitan sostener la operación incluso sin clientes.

Segundo consejo: la ubicación pesa más de lo que crees

Supongamos que ya tienes la idea: vas a poner una peluquería. Falta algo clave: ¿conoces el precio promedio de ese servicio en tu zona? ¿Estás dispuesto a cobrar lo mismo que tu competencia?

Ahí entra la ubicación. Si tu negocio depende de atención al público, el lugar donde te instalas puede ser la diferencia entre vender y no vender.

Te cuento un caso propio. Durante la pandemia me invitaron a ser socio de un emprendimiento de alitas y boneless. Empezó con un local, y de ahí se fueron abriendo otros hasta llegar a 8. Cada socio manejaba sus propios locales, pero la manufactura estaba centralizada en un centro de distribución: comprábamos el producto en conjunto y de ahí salían paquetes ya estandarizados, de modo que en cada sucursal solo había que abrir, freír y servir. El proceso era idéntico en todos lados. Aun así, había locales que vendían seis o siete veces más que otros. La única diferencia era la ubicación.

Ese es mi segundo consejo: revisa qué hay alrededor. Si tu idea no es viable en esa zona, busca otra donde sí lo sea y que además te resulte accesible.

Tercer consejo: no dependas de un proveedor prácticamente único

De esa misma experiencia sale otro aprendizaje. Comprar el producto en conjunto nos daba mejor precio, pero también nos dejaba atados a muy pocos proveedores de pollo, en un mercado que, viéndolo ahora, está bastante concentrado en México. Si tu modelo de negocio depende de comprarle a un solo proveedor —o a un puñado de ellos que en la práctica se comportan como uno solo— cualquier cambio de precio, de condiciones o de disponibilidad te puede tumbar la operación de un día para otro, sin que tú hayas hecho nada mal.

Si vendes un producto, revisa desde antes de arrancar qué tan concentrada está tu cadena de suministro, y si tienes alternativas reales en caso de que tu proveedor principal falle.

Antes de usar tu marca, evalúa si puedes registrarla

Otro punto que aprendimos por las malas: nuestra marca, tal cual, no existía registrada por nadie más. El problema fue que se parecía a otra marca ya existente, así que el IMPI no nos dejó registrarla directo. Nos pidió una carta de esa otra empresa donde declarara que no tenía problema con nuestra existencia. Emitir esa carta no les representaba ningún costo real, pero la codicia humana es inmensa: nos cobraron $100,000 pesos solo por la firma; después de negociar, bajamos a $30,000. Como si fuera poco, la empresa estaba en otro estado, así que tuvimos que viajar hasta allá, con el dinero en efectivo porque no iban a dar factura. Cosas que deberían ser ilegales. En fin, la hipotenusa.

Antes de imprimir un solo letrero o pedir una sola bolsa con tu logo, revisa que tu marca no se parezca demasiado a otra ya registrada. Es una revisión rápida y barata comparada con lo que te puede costar no hacerla. (Por cierto, el registro de marca es algo que también manejamos en el despacho, si en algún momento lo necesitas.)

Conoce tu costeo

Por último, tienes que saber exactamente cuánto te cuesta cada cosa. En el negocio de las alitas, además del costeo básico, llegamos a hacer un análisis de tiempos y movimientos con la metodología MOST para diseñar cómo debían tomarse y prepararse las órdenes en cocina. No necesitas llegar a ese nivel de detalle desde el día uno, pero sí necesitas saber, con números reales, qué te cuesta producir lo que vendes. Sin eso, no puedes fijar un precio con confianza ni saber si realmente estás ganando dinero.

Cuarto consejo: no esperes a que el boca en boca te encuentre

El boca en boca es la mejor recomendación que puede tener un negocio, y llegar al punto en que tu negocio viva solo de eso sería un excelente marcador de que vas por buen camino. Pero cuando apenas estás empezando, ¿quién te va a recomendar? Todavía no tienes esa base de clientes que hable bien de ti.

Por eso, dentro de tus costos contemplados, considera un presupuesto fijo e inamovible para darte a conocer. No lo trates como algo opcional que recortas en un mes apretado: es parte de lo que necesitas para que el negocio llegue algún día a sostenerse solo del boca en boca.

Cuida mucho la atención al cliente. Las personas que se van por un mal servicio no regresan, aunque después se lo quieras dar gratis.

Y arranca con el concepto mínimo viable para operar. La vida no premia el conocimiento, premia la acción. Aunque no es algo que naturalmente me guste hacer, muchas veces es mejor primero conseguir el cliente y después construir la solución, siempre y cuando esté dentro de tus posibilidades —o de alguien a quien puedas contratar— cumplir lo que le prometiste.

Define tus márgenes de confiabilidad

Ya tienes la idea, el lugar y los flujos garantizados. Aquí aplica algo que aprendí en ingeniería, durante el diseño de experimentos: antes de probar una hipótesis, se establecen los márgenes de confiabilidad que van a definir la decisión final.

El equivalente en un emprendimiento es preguntarte: ¿cuál es el punto crítico en el que voy a continuar, y cuál es el punto crítico en el que voy a parar? Puede medirse en tiempo, en número de clientes, o en cualquier otro indicador que tenga sentido para tu negocio. ¿Estás dispuesto a sostener el negocio después de dos meses sin un solo cliente? Si ya pasó un año, ¿es suficiente para renunciar a tu trabajo, o le das más tiempo?

No corras a darte de alta como persona moral por temas fiscales

En México, la forma de tributar está en proporción directa al ingreso (y en algunos regímenes, a la utilidad). Aquí aparece otra disciplina importante: si estás redirigiendo ingresos de tu fuente estable hacia gastos que no son deducibles para ese fin, tienes un problema.

Lo que debes hacer, de entrada, no es darte de alta como persona moral. Lo que necesitas es estar registrado bajo un esquema que te permita deducir esos gastos. Y ten en cuenta que, en cuanto tengas dos fuentes de ingreso, la declaración anual se vuelve obligatoria. Hay muchos matices fiscales que dependen de cada caso particular, así que esto es solo un punto de partida, no un consejo definitivo.

Mi recomendación

A todos los emprendedores primerizos les digo lo mismo: empiecen como persona física con actividad empresarial. Conforme el emprendimiento crezca, va a ir pidiendo más formalidad, y ese es el momento —no antes— de considerar una persona moral.

No la conviertas en el primer paso de tu historia. Conviértela, si acaso, en una consecuencia de que la historia ya esté funcionando.

Si quieres platicarlo con nosotros, hazlo: te podemos dar una asesoría puntual para tu caso y las recomendaciones que apliquen a tu situación particular. Y te lo digo con toda honestidad: nos interesa más tener un cliente que funcione y crezca, que uno que se constituya como persona moral antes de tiempo y termine cargando con costos que no necesitaba asumir tan pronto.